Noche cálida en Ciudad Capital. Plaza Serrano atestada de restaurants modernos y luces mortecinas. Perfumados comensales se pasean en grupo, o de a dos, tomados del brazo, observando como espectadores circenses los números de los artistas callejeros; ven a los exóticos monitos con manija regalar sus sueños, y se los devuelven con la cara bondadoza de una moneda de 10 centavos, para separar dos mundos de por sí irreconciliables.
Alguien dibuja en La Página de Atrás, el momento preciso en que una joven pareja es intervenida en plena vereda por uno de los artistas en cuestión, que lleva en sus manos un cartón de vino y una pianola.
- Disculpame amigo ¿Me convidas un cigarrillo?
- Si, ¿ cómo no te voy a dar?.- responde el chico.
Otro hombre se acerca con una guitarra.
- ¿ A mí no me darías uno?
- No, sí…es que ya le di a…- el chico duda, también ve que junto a los otros dos hay una vieja despeinada.- Bueno… te doy, pero me quedan pocos.
El hombre de la guitarra recibe el cigarrillo, pero no lo enciende, prefiriere ofrecer a la pareja una canción de regalo.
El chico vuelve a dudar.
- Bueno, dale; muchas gracias.
El primer hombre se suma con la pianola al de la guitarra, y la vieja despeinada empieza a bailar con los antebrazos en alto y dando golpes al aire con las rodillas. Algunos transeúntes miran como sorprendidos, pero como la pareja todavía escucha, los músicos deciden tocar una más.
Antes de que termine de sonar la última nota de la segunda canción, el chico de la pareja se incorpora para retirarse. De su atado de cigarrillos retira dos para sí, y ofrece lo que resta en el paquete a los hombres.
- Se los regalo, ustedes me dieron más que esto.
- No al contrario, gracias a ustedes por quedarse.- dice el de la guitarra con los ojos blandos.
La pareja se aleja en silencio en una calle oscurecida por la sombra de los árboles y los edificios. El va mirando las baldosas con un brazo extendido por detrás del cuello de su novia. “Gracias por quedarse” le dice a ella, pero habla para sí. En sus adentros, se reprocha cierta mezquindad; se lamenta sentirse parte de la ceguera colectiva; y se angustia por la soledad repetitiva e inevitable de los que viven sin ver, más que lo que devuelven los espejos.